La familia que me hospedo durante todo el año estaba compuesta por el matrimonio y dos hijas, una de trece y otra de once. Lo mejor hubiese sido que yo tuviese mi habitación, pero no fue así, me toco compartir con la hija mayor.
Vivían en una casita de cuento en el medio del campo, solamente se podía ir al pueblo en auto ya que no hay redes de colectivos urbanos. Eso ya era un gran cambio, acostumbrada a tomarme el colectivo en la esquina de mi casa e ir y venir del centro de la ciudad como me plazca.
La pareja estaban juntos desde el secundario donde habían sido novios, cuando se graduaron se casaron y al día de hoy siguen juntos y felices. Ella trabajaba en un banco, donde debe haber empezado de cajera y para ese tiempo ya era gerente de sucursal. Él era empleado de una fabrica de cubiertas, era un simple obrero de linea de ensamblaje. El hecho de ver que ambos padres trabajaban y que la que tenia el puesto de jerarquía era la mujer fue otro shock cultural para mi.
Mis hermanas americanas eran chicas muy buenas, criadas con buenos modales y buen gusto. La mayor siempre tenia algún que otro problema de alergias y amanecida inflada como un globo y enronchada de pies a cabeza. La mas chica era un marimacho, se la pasaba chivateando pero jamas se le corría el delineador o el rimel (si, con once años ya iba al colegio pintada como una adulta - otro shock cultural). La personalidad de la mas chica era mas relajada, la mayor era perfeccionista, se autoexigía demasiado y tenia algunas tendencias obsesivo compulsivas como por ejemplo colgar todas las perchas con el ganchito del mismo lado y clasificar la ropa por colores.
El dia de las bromas tontas (April fool) me encerré en la habitación, le cambie las perchas de lugar y el inverti algunos de los ganchos, ademas le desarme los bollitos de todos los pares de medias y los rehíce poniendo pares dispares. Pobre piba, la mejor broma que a ella se le había ocurrido era darme un vaso de jugo con sal y después paso toda una tarde reorganizando su placard .
Mi madre americana sufría de migrañas. Lo mas sorprendente es que las tenia dos veces al mes y la dejaba de cama. Duraban de dos a tres días. Esos días ella faltaba al trabajo, se pasaba el día en bata, con la casa a oscuras y pedia que hablaramos bajo porque nuestras voces retumbaban en su cabeza. Esos días teníamos que tomar el autobus al colegio y levitar por los pisos para no hacer ruido.
El autobus en un principio parecía una buena idea, algo nuevo para experimentar. Luego se convirtió en una experiencia horrible. En invierno era frio, en primavera casi verano te morías de calor, los asientos son duros y hay toda una jerarquia social de populares y ñoños que es demasiado evidente en el vehículo. Para hacerla corta, siempre me sentaba sola y jamas llegue a compartir los asientos de atrás con los revoltosos populares que estaban en mi recorrido. Pero no todo era malo. Ese autobus iba hasta la escuela primaria, en la primaria había que cambiarse para hacer lo que quedaba de recorrido hasta la parada final: el secundario. En esos cambios muchas veces hacia transbordo al autobus donde venia el gringo... Ver sus ojitos soñadores tan temprano a la mañana era todo un premio. Luego que empezamos a salir, era ir de la mano y a veces apoyar mi cabeza en su hombro y recorrer ese corto tramo abrazados.
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