Uno despierta de un hermoso sueño aniñado y cae en la pesadilla hormonal de la adolescencia. Esa época donde todos los chicos son lindos, donde una sueña con el primer beso, donde las cartitas con indirectas iban y venían indiscriminadamente.
Época de las primeras tertulias, pitadas a escondidas fomentadas por los mas grandes de los grupos, encuentros furtivos en el complejo recreativo (creo que nunca hice tanto deporte en mi vida).
La realidad de un pueblo petrolero es muy distinta a la de una ciudad petrolera. Me explico... ocurren las mismas cosas, pero la ciudad las oculta con su tamaño, las historias se pierden, se camuflan. Las adolescentes quedan embarazadas pero en la ciudad no hay tantos dedos señalando, las mujeres le meten los cuernos a sus maridos y viceversa pero la ciudad les da la ventaja de tener mas recovecos donde esconderse y pasar desapercibidos. Todas esas historias las aprendí del pueblo. En un principio horrorizada, acusando a los actores de estas historias de pervertidos y promiscuos, luego curiosa de tanta oferta sexual y preguntándome si esto tan prohibido era realmente tan malo visto que era moneda corriente en el pueblo.
Ese fue el momento que mis padres decidieron volver a Comodoro y fui a parar a un colegio salesiano...
La salida del pueblo fue trágica. Ya habiendo tenido un par de noviecitos de primaria, estaba en el primer cuatrimestre del secundario y estaba saliendo con un flaco de años superiores. Por supuesto que a mis padres no le hacia gracia que la nena se liara con un nativo de la zona y mucho menos unos cuantos años mayor.... la cosa es que partió el camión con la mudanza y atrás del camión iba la camioneta de mi padre. Ya en las ultimas cuadras veo a mi incipiente amor caminando por la calle... la desesperación me embargo y calientes lagrimas emergieron como borbotones de mis ojos.... la camioneta no detuvo su marcha y él se convirtió en un punto en el espejo retrovisor que segundo a segundo se achicaba hasta desaparecer en la distancia.
No comments:
Post a Comment