Friday, May 31, 2013

Primeros años

Los primeros dos años de mi vida transcurrieron en Mendoza. Mis padres trabajaban full time, mi hermana era adolescente y mis abuelos maternos colaboraban haciendo el trabajo de guardería mientras mi madre se ganaba el pan en el centro de la ciudad. Si bien fue hace muchos años, aun tengo algunos recuerdos de esos días.

Mi primer recuerdo es de un día que mi madre estaba pasando el lampazo en la vereda (costumbre muy mendocina) y yo que apenas caminaba, pero que hablaba hasta por los codos, revoloteaba alrededor de ella.  De pronto, un incomodo silencio alerto a mi madre de que algo andaba mal, su primera intuición fue la de tirar el lampazo, arrodillarse al lado de la acequia y meter el brazo en el agua lodosa. De esa agua espesa y hedionda me saco, ya no respiraba. Una vecina que a escasos metros también lustraba la vereda corrió a socorrer a mi madre, quien no reaccionaba, su desesperación la  había paralizado. Doña Rosa, le arrebato mi cuerpito de sus brazos y corrió  a ponerme bajo un chorro de agua. Solo Dios sabe como fue que reaccione, y el grito que pegue fue como haber nacido una segunda vez. Cabe destacar que hasta el día de hoy le tengo mi mas sincero respeto al agua y sus profundidades.

Dentro de ese collage de recuerdos de mi infancia, esta el del terremoto del 77. Recuerdo el tanque de agua destapado rebalsándose y el piso curvándose bajo mis pies. Con sumo terror intentaba correr para agarrarme de las piernas de mi madre, pero el  movimiento impedía que pudiese avanzar. Uno de los momentos mas trágicos de mi primera infancia.

No tan trágico para mi, pero si para mi pobre hermana, era mi ya evidente carácter fuerte. Desde muy pequeña ya curioseaba en todo lo que me era prohibido. Mi hermana encontraba sus discos de Bee Gees rayados, ya que yo había querido ponerlos en el tocadiscos y escuchar música, tal cual ella lo hacia con sus amigos. También cada dos por tres se encontraba que su porta cosméticos había saqueado por dedos curiosos y su maquillaje ya no servia. Lo que mas sufría mi hermana era mi temperamento. No me podían disciplinar porque berreaba como marrano y mi forma de defensa inminente era la mordida. Una imagen frecuente era la de mi hermana sosteniéndome la cabeza con el brazo estirado y yo tirando patadas al aire y tratando de tarasquearle la mano o el brazo. El grito impotente de mi hermana era el de “Muuuuuulaaaaa”.


De esa época hay muchos recuerdos. Vanesa era nuestra perra manto negro que estoicamente soportaba jugar a la casita conmigo y con paciencia china comía las tortas de barro que yo le preparaba en latas de leche nido. Un perro pequinés que había traído un amigo de mi hermana se instalo en nuestra familia y lo nombramos “kukino”, poco duro el paso del perro por mi casa ya que una señora de avanzada edad un dia toco nuestra puerta, le saco el perro de las manos a mi mama y le grito un millón de insultos acusándonos de ladrones de perros y le llamaba a nuestro perro “Cachilo”

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