Los primeros dos años de mi vida transcurrieron en Mendoza. Mis
padres trabajaban full time, mi hermana era adolescente y mis abuelos maternos
colaboraban haciendo el trabajo de guardería mientras mi madre se ganaba el pan
en el centro de la ciudad. Si bien fue hace muchos años, aun tengo algunos
recuerdos de esos días.
Mi primer recuerdo es de un día que mi madre estaba pasando
el lampazo en la vereda (costumbre muy mendocina) y yo que apenas caminaba,
pero que hablaba hasta por los codos, revoloteaba alrededor de ella. De pronto, un incomodo silencio alerto a mi
madre de que algo andaba mal, su primera intuición fue la de tirar el lampazo,
arrodillarse al lado de la acequia y meter el brazo en el agua lodosa. De esa
agua espesa y hedionda me saco, ya no respiraba. Una vecina que a escasos
metros también lustraba la vereda corrió a socorrer a mi madre, quien no
reaccionaba, su desesperación la había paralizado.
Doña Rosa, le arrebato mi cuerpito de sus brazos y corrió a ponerme bajo un chorro de agua. Solo Dios
sabe como fue que reaccione, y el grito que pegue fue como haber nacido una
segunda vez. Cabe destacar que hasta el día de hoy le tengo mi mas sincero respeto
al agua y sus profundidades.
Dentro de ese collage de recuerdos de mi infancia, esta el
del terremoto del 77. Recuerdo el tanque de agua destapado rebalsándose y el
piso curvándose bajo mis pies. Con sumo terror intentaba correr para agarrarme
de las piernas de mi madre, pero el
movimiento impedía que pudiese avanzar. Uno de los momentos mas trágicos
de mi primera infancia.
No tan trágico para mi, pero si para mi pobre hermana, era
mi ya evidente carácter fuerte. Desde muy pequeña ya curioseaba en todo lo que
me era prohibido. Mi hermana encontraba sus discos de Bee Gees rayados, ya que
yo había querido ponerlos en el tocadiscos y escuchar música, tal cual ella lo
hacia con sus amigos. También cada dos por tres se encontraba que su porta cosméticos
había saqueado por dedos curiosos y su maquillaje ya no servia. Lo que mas
sufría mi hermana era mi temperamento. No me podían disciplinar porque berreaba
como marrano y mi forma de defensa inminente era la mordida. Una imagen frecuente
era la de mi hermana sosteniéndome la cabeza con el brazo estirado y yo tirando
patadas al aire y tratando de tarasquearle la mano o el brazo. El grito
impotente de mi hermana era el de “Muuuuuulaaaaa”.
De esa época hay muchos recuerdos. Vanesa era nuestra perra
manto negro que estoicamente soportaba jugar a la casita conmigo y con
paciencia china comía las tortas de barro que yo le preparaba en latas de leche
nido. Un perro pequinés que había traído un amigo de mi hermana se instalo en
nuestra familia y lo nombramos “kukino”, poco duro el paso del perro por mi
casa ya que una señora de avanzada edad un dia toco nuestra puerta, le saco el
perro de las manos a mi mama y le grito un millón de insultos acusándonos de
ladrones de perros y le llamaba a nuestro perro “Cachilo”.
No comments:
Post a Comment